SALUD

Bluetoothing: la peligrosa práctica de inyectarse sangre ajena que enciende alertas por el riesgo de VIH

Bluetoothing: la peligrosa práctica de inyectarse sangre ajena que enciende alertas por el riesgo de VIH

Una peligrosa práctica vinculada al consumo de drogas intravenosas está encendiendo alertas sanitarias por el riesgo de transmisión del VIH y otras infecciones: el bluetoothing, que consiste en inyectarse sangre de otra persona que previamente consumió drogas. Aunque se ha documentado en distintas regiones del mundo, el fenómeno también abre preguntas para América Latina sobre la prevención, el acceso a jeringas estériles y la atención a las adicciones.

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Bluetoothing: la peligrosa práctica de inyectarse sangre ajena que enciende alertas por el riesgo de VIH

Una peligrosa práctica vinculada al consumo de drogas intravenosas está encendiendo alertas sanitarias por el riesgo de transmisión del VIH y otras infecciones: el bluetoothing, que consiste en inyectarse sangre de otra persona que previamente consumió drogas. Aunque se ha documentado en distintas regiones del mundo, el fenómeno también abre preguntas para América Latina sobre la prevención, el acceso a jeringas estériles y la atención a las adicciones.

Imagen compartida en medios.

El riesgo de compartir sangre y material de inyección contaminado no se limita a un país ni a una sola sustancia. En comunidades donde escasean las jeringas estériles y el acceso a servicios de salud es limitado, estas prácticas pueden facilitar la transmisión de infecciones y agravar problemas sanitarios preexistentes.

El bluetoothing ha ganado atención internacional por su aparición en determinados entornos de consumo de drogas. Sin embargo, los especialistas advierten que es necesario distinguir entre la existencia de la práctica y su alcance real: no hay evidencia suficiente para afirmar que sea una tendencia generalizada en todo el mundo.

¿Qué es el bluetoothing y por qué preocupa?

La práctica consiste en extraer sangre de una persona que se ha inyectado drogas y transferirla a otra mediante una jeringa, con la intención de obtener un efecto adicional de la sustancia que permanece en la sangre.

Esta conducta puede exponer a las personas al VIH, a los virus de la hepatitis B y C y a otras infecciones transmitidas por la sangre. El peligro también existe cuando se comparten jeringas u otros instrumentos contaminados, incluso sin que haya transferencia deliberada de sangre entre consumidores.

En distintas regiones se han utilizado términos como flashblooding y hotspotting para describir prácticas relacionadas, aunque no siempre se refieren exactamente al mismo procedimiento.

Una alerta que también importa para América Latina

Aunque algunos de los reportes más recientes se concentran en países de Oceanía y África, los riesgos asociados al consumo de drogas por vía intravenosa son relevantes para América Latina.

La reutilización de jeringas, la falta de acceso a material estéril y las barreras para recibir atención médica son factores que pueden favorecer la transmisión de infecciones en cualquier región. Por ello, la discusión no debe limitarse a una práctica llamativa, sino considerar las condiciones que llevan a las personas a compartir instrumentos de inyección o a exponerse a sangre contaminada.

Esto no significa que exista evidencia de una expansión generalizada del bluetoothing en América Latina. Más bien, plantea la necesidad de fortalecer la vigilancia epidemiológica, la prevención del VIH y los servicios de atención a personas que consumen drogas.

Fiyi, un caso que muestra la dimensión del problema

Uno de los ejemplos más preocupantes se encuentra en Fiyi, donde el rápido incremento de los diagnósticos de VIH llevó al Gobierno a declarar una emergencia nacional de salud el 16 de septiembre de 2026.

La crisis comenzó a agravarse desde 2020, cuando las alteraciones en las rutas internacionales del narcotráfico durante la pandemia contribuyeron a que parte de la metanfetamina que transitaba por el archipiélago permaneciera en el mercado local.

Los datos difundidos durante la emergencia indican que Fiyi registró alrededor de 3,660 casos acumulados de VIH al cierre de 2024 y 2,016 nuevos diagnósticos durante 2025. Los reportes también estimaron que aproximadamente uno de cada 60 adultos vivía con el virus.

Las autoridades sanitarias han señalado las prácticas de inyección compartida entre los factores que requieren atención. Sin embargo, no debe atribuirse todo el aumento de infecciones exclusivamente al bluetoothing: la reutilización de jeringas, la escasez de material estéril y otras condiciones sociales y sanitarias también desempeñan un papel.

¿Qué tan extendido está el fenómeno?

La atención mediática que ha recibido el bluetoothing puede dar la impresión de que se trata de una práctica generalizada, pero la evidencia disponible no permite sostener esa conclusión.

Una evaluación de la Organización Mundial de la Salud citada en reportes sobre Fiyi entrevistó a 56 personas que se inyectaban drogas. Dos afirmaron haber practicado bluetoothing y cuatro dijeron haberlo presenciado. Los resultados documentan su existencia, pero no demuestran que sea una conducta mayoritaria entre quienes consumen drogas por vía intravenosa.

También se han publicado reportes sobre prácticas relacionadas en Sudáfrica y Lesoto, donde organizaciones comunitarias han advertido sobre los riesgos entre personas que consumen sustancias en contextos de vulnerabilidad económica y acceso limitado a servicios sanitarios.

La prioridad, por tanto, es evaluar cada situación con datos epidemiológicos y evitar que una práctica extrema desplace la atención de otros mecanismos de transmisión mejor documentados.

Los riesgos médicos de compartir sangre

El contacto directo con sangre potencialmente infectada puede transmitir el VIH y las hepatitis B y C. Las inyecciones realizadas con material contaminado también pueden provocar infecciones bacterianas, abscesos y otras complicaciones.

Además, el consumo de metanfetamina y otras sustancias puede producir efectos cardiovasculares y conductuales peligrosos, así como dependencia. La combinación de estas sustancias con prácticas de inyección inseguras incrementa los riesgos para la salud.

La transferencia de sangre entre personas tampoco equivale a un procedimiento médico seguro. Una transfusión requiere controles, pruebas de compatibilidad y condiciones sanitarias específicas; inyectar sangre ajena mediante instrumentos improvisados puede ocasionar complicaciones graves.

Prevención: el punto central para frenar las infecciones

Los especialistas en salud pública destacan la importancia de facilitar el acceso a jeringas estériles, pruebas de VIH, tratamiento antirretroviral y servicios de atención a las adicciones. Estas medidas ayudan a reducir las nuevas infecciones y a evitar que las personas tengan que recurrir a prácticas de alto riesgo.

El estigma y la criminalización también pueden alejar a quienes consumen drogas de los servicios médicos. Por eso, las estrategias de prevención deben combinar información, atención sanitaria accesible y programas de reducción de daños.

El VIH puede controlarse mediante tratamiento antirretroviral. Cuando una persona mantiene una carga viral indetectable, no transmite el virus por vía sexual; sin embargo, esto no elimina los riesgos asociados a compartir jeringas o exponerse directamente a sangre contaminada.

Una advertencia que va más allá de una práctica viral

El bluetoothing representa un riesgo real cuando implica la transferencia de sangre potencialmente infectada, pero no debe convertirse en la única explicación de las epidemias de VIH ni presentarse como una tendencia mundial sin evidencia suficiente.

Para América Latina, la discusión deja una pregunta de salud pública: ¿existen suficientes programas de prevención, acceso a material estéril y atención a las adicciones para reducir los riesgos asociados al consumo de drogas intravenosas?

La experiencia de Fiyi demuestra la urgencia de actuar cuando las infecciones aumentan rápidamente. La lección internacional es que prevenir nuevos contagios requiere abordar tanto las conductas de riesgo como las condiciones que las favorecen, con políticas sustentadas en evidencia y servicios de salud accesibles.

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