ARGENTINA

La afición de Argentina que enfrenta la mayor tasa de desempleo y su1c1di05 en su historia, no pierde el orgullo hincha…

La afición de Argentina que enfrenta la mayor tasa de desempleo y su1c1di05 en su historia, no pierde el orgullo hincha…

Mientras la barra gritaba "Las Malvinas son argentinas" el gobierno del país prepara el escenario legal para abrir la venta de tierra y recursos a capitales extranjeros y privados como Israel.

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La afición de Argentina que enfrenta la mayor tasa de desempleo y su1c1di05 en su historia, no pierde el orgullo hincha…

Mientras la barra gritaba "Las Malvinas son argentinas" el gobierno del país prepara el escenario legal para abrir la venta de tierra y recursos a capitales extranjeros y privados como Israel.

Fotografía: Reuters.

La imagen era perfecta para el álbum de figuritas: la selección argentina eliminaba a Inglaterra y, en el campo de juego, Giovani Lo Celso y Lisandro Martínez desplegaron junto a sus compañeros una bandera con la leyenda "Las Malvinas son argentinas". No fue la hinchada en las gradas. Fueron los propios futbolistas, en el césped, ante las cámaras del mundo entero. El gesto, que forma parte de un reclamo histórico de soberanía nacional desde el conflicto de 1982, encendió todas las alarmas en el Reino Unido.

El prestigioso The Telegraph publicó un minucioso informe titulado "Los 31 trucos sucios que Argentina empleó ante Inglaterra", donde catalogó cada empujón, cada protesta y cada gesto como parte de una conspiración para desestabilizar a los Three Lions. The Sun habló de "artimañas para irritar a las estrellas inglesas". El gobierno británico pidió investigar la pancarta de Malvinas. El presidente Milei, en cambio, pidió no mezclar el deporte con la política. Una posición comprensible, sobre todo si se considera que, mientras tanto, en el Senado se debatía el capítulo de tierras de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada.

"No voy a seguir ni un solo partido más", sentenció el técnico de Egipto, Hossam Hassan, después de que su selección cayera ante Argentina en un partido que, según él, estuvo inclinado desde antes del pitido inicial. Su delantero Mostafa Ziko fue más contundente: "El campeonato ya está decidido. Felicidades por la Copa para Argentina". Los egipcios señalaron al árbitro francés Francois Letexier, a quien acusaron de haber sido presionado por el conjunto sudamericano. "Parecía haber habido presión por parte de Argentina sobre el árbitro, lo que condujo a este desenlace", insistió Hassan.

El informe de The Telegraph es una obra de precisión quirúrgica. Arranca en el minuto 1 con un "empujón" de Mac Allister y no se detiene hasta el minuto 91 con la sonrisa de Dibu Martínez perdiendo tiempo. 31 situaciones, contadas al detalle, para demostrar que Argentina recurrió a todo tipo de jugadas para desestabilizar a Inglaterra. Pero mientras el mundo señala favoritismos, la pregunta debería ser otra: ¿de qué sirve una inclinación en la cancha si el país se inclina hacia el abismo?

La paradoja es tan argentina como el asado: soberanía coreada en el campo de juego por los propios futbolistas, puertas giratorias en los escritorios del Senado. Porque si de defender el territorio se trata, el gobierno parece tener dos discursos. Uno, para el césped, donde los jugadores levantan con orgullo la bandera de "Las Malvinas son argentinas" ante las cámaras del mundo. Otro, para las comisiones legislativas, donde el "silencio administrativo" autoriza la venta de tierras a extranjeros si nadie dice nada en 180 días. El proyecto, que forma parte de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, allana el camino para que empresas con participación estatal extranjera—como las de Israel—puedan adquirir campos argentinos con mayor facilidad.

"No afecta derechos adquiridos", aclara el dictamen. Claro, los que ya vendieron, vendieron. Mientras los jugadores argentinos levantaban una bandera que reivindicaba la soberanía nacional sobre las islas Malvinas, el gobierno allanaba el camino para que capitales privados y extranjeros—entre ellos, inversores israelíes—puedan adquirir tierras y recursos estratégicos. La coherencia, como los sueños, es un lujo que pocos pueden permitirse. Porque hay una diferencia entre alzar una bandera en el campo de juego y defender el territorio en las leyes. Una cosa es la épica, otra la realidad.

Y la realidad, mientras tanto, abajo, en la calle, es que los números son un grito ahogado. 5.209 muertes autoinfligidas en 2025, la cifra más alta desde que hay registros. Casi ocho de cada diez son varones, sobre todo jóvenes de 18 a 34 años. La subsecretaria de Salud Mental de la provincia de Buenos Aires, Julieta Calmels, lo explica sin vueltas: "Cuando la vida se convierte únicamente en una lucha por la subsistencia, también pierde sentido". El estudio de la UBA agrega el dato demoledor: el 55,9% de las crisis personales tienen origen en problemas económicos.

El 91,7% de los hogares arrastra deudas. Y el presupuesto para Salud Mental, en lugar de aumentar, se redujo al 1,42% de lo que establece la ley. El desempleo cerró el primer trimestre de 2026 en 7,8%, con 1,145 millones de personas sin trabajo. La informalidad saltó al 44,2%. Pero en la cancha, al menos por 90 minutos, la selección ganó. Y los jugadores pudieron desplegar con orgullo la bandera que dice "Las Malvinas son argentinas". Una lástima que la patria, la de verdad, la que se juega en la mesa chica de los negocios, ya no sea tan argentina.

Porque mientras los futbolistas defienden las Malvinas en el campo de juego, el gobierno vende el territorio continental en los escritorios. Pero eso, claro, no vende camisetas. Y mientras el pueblo celebra, el gobierno vende. El espectáculo está montado: la épica deportiva como cortina de humo para la entrega del territorio. Como en aquel viejo dicho romano: pan y circo. Pero aquí el pan escasea, el circo es mundial y las tierras se van al mejor postor, ya sea a capitales chinos, israelíes o de cualquier otra bandera que pueda pagar.

Nicolás Pontaquarto, del Instituto de Masculinidades y Cambio Social, señala otro factor que explica el aumento de muertes autoinfligidas entre varones jóvenes: el mandato de proveedor. "Durante décadas existían empleos más estables y mayores posibilidades de proyectar una vida. Hoy esas condiciones cambiaron, pero el mandato permanece. Cuando no se cumple, aparecen frustración, fracaso y derrumbe", describe. El gobierno, entre tanto, se ocupa de lo importante: vender tierras, ajustar presupuestos, reformar leyes para internar más rápido.

La salud mental, como las Malvinas, es una cuestión de soberanía. Pero una soberanía que se negocia en dólares, y otra que se grita en el campo de juego. En el medio, la gente. Siempre la gente. Esa que, mientras los dirigentes discuten sobre el dominio de un archipiélago a 14 mil kilómetros, no puede pagar el alquiler. Esa que, mientras los diarios ingleses cuentan empujones, no puede pagar un psicólogo. Esa que, mientras los egipcios se quejan del arbitraje, no puede pagar la deuda que la ahoga.

Inglaterra, por su parte, perdió el partido pero ganó la batalla diplomática. "Puede que el torneo no sea nuestro, pero las islas Malvinas sin duda lo son", dijo la portavoz de Keir Starmer. En Argentina, el gobierno pidió no mezclar deporte y política. Es comprensible: mientras algunos discuten la soberanía de un archipiélago, otros están vendiendo el territorio continental a quien pueda pagarlo. Y mientras tanto, los argentinos siguen buscando sentido en una vida que, como dijo Calmels, se ha convertido en "una lucha por la subsistencia".

El favoritismo que señalan, parece, solo funciona cuando la pelota está en juego. Y el pueblo, embriagado por la victoria, no alcanza a ver que mientras los jugadores levantan la bandera de Malvinas en el césped, el gobierno firma la venta del territorio en los despachos. Las Malvinas se gritan. El país se vende. Y el espectáculo continúa. Mientras tanto, los muertos autoinfligidos siguen sumándose, los desempleados engrosan las filas de la informalidad y las deudas ahogan a nueve de cada diez hogares. La afición no pierde el orgullo hincha. Pero el país, ese sí, parece haberse perdido en el camino.






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