Fotografía: Reuters.
La imagen era perfecta para el álbum de figuritas: la selección argentina eliminaba a Inglaterra mientras la hinchada desplegaba una bandera con la leyenda "Las Malvinas son argentinas". Los ingleses, por supuesto, no lo tomaron bien. No tanto por la derrota—que en seis minutos les esfumó la semifinal—sino por las "artes oscuras" argentinas. El prestigioso The Telegraph publicó un minucioso informe titulado "Los 31 trucos sucios que Argentina empleó ante Inglaterra", donde catalogó cada empujón, cada protesta y cada gesto como parte de una conspiración para desestabilizar a los Three Lions. The Sun, fiel a su estilo, habló de "artimañas sucias para irritar a las estrellas inglesas". El gobierno británico, por su parte, pidió investigar la pancarta de Malvinas. El presidente Milei, en cambio, pidió no mezclar el deporte con la política. Una posición comprensible, sobre todo si se considera que, mientras tanto, en el Senado se debatía el capítulo de tierras de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada.
"No voy a seguir ni un solo partido más de este torneo", sentenció Hossam Hassan, el técnico de Egipto, después de que su selección cayera ante Argentina en un partido que, según él, estuvo "arreglado" desde antes del pitido inicial. Su delantero Mostafa Ziko fue más contundente: "El campeonato ya está decidido. Felicidades, felicidades por la Copa para Argentina, no necesitamos nada más". Los egipcios señalaron al árbitro francés Francois Letexier, a quien acusaron de haber sido presionado por el conjunto sudamericano y de no revisar dos posibles penales en el área argentina. "Parecía haber habido presión por parte de Argentina sobre el árbitro, lo que condujo a este desenlace", insistió Hassan. Todo sea por la épica. Porque si algo aprendió el mundo en los últimos años, es que cuando Argentina gana, siempre hay una mano negra. O un árbitro complaciente. O un guión escrito. Nunca es mérito. Siempre es arreglo.
El informe de The Telegraph es una obra de arte del periodismo de recovecos. Arranca en el minuto 1 con un "empujón" de Mac Allister y no se detiene hasta el minuto 91 con la sonrisa de Dibu Martínez perdiendo tiempo. 31 situaciones, contadas con la precisión de un relojero suizo, para demostrar que Argentina "recurrió a todo tipo de jugadas sucias para hacer honor a su reputación como maestros de las artes oscuras". Lo curioso es que, según la estadística, Inglaterra apenas tuvo el 12% de la posesión desde que Gordon puso el 1-0 hasta el gol de Lautaro que revirtió el marcador. Pero bueno, los detalles. Los ingleses, que inventaron el fútbol y las reglas, nunca se resignan a perder con dignidad. Prefieren inventar 31 excusas. Y los egipcios, una conspiración. El arreglo parece ser la única explicación posible cuando el guión no sale como lo planearon. Pero nadie pregunta: ¿arreglado para qué? ¿Para que Argentina gane un partido mientras pierde el país?
La paradoja es tan argentina como el asado: soberanía coreada en las canchas, puertas giratorias en los escritorios. Porque si de defender el territorio se trata, el gobierno parece tener dos discursos. Uno, para las gradas, donde el orgullo patrio se exhibe con bombos y pancartas. Otro, para las comisiones legislativas, donde el "silencio administrativo" autoriza la venta de tierras a extranjeros si nadie dice nada en 180 días. "No afecta derechos adquiridos", aclara el dictamen. Claro, los que ya vendieron, vendieron. Mientras los jugadores argentinos levantaban una bandera que decía "Las Malvinas son argentinas", el gobierno allanaba el camino para que empresas con participación estatal extranjera—léase China—puedan adquirir campos argentinos con mayor facilidad. La coherencia, como los sueños, es un lujo que pocos pueden permitirse.
Mientras tanto, abajo, en la calle, la gente se mata. Literalmente. 5.209 suicidios en 2025, la cifra más alta desde que hay registros. Casi ocho de cada diez son varones, sobre todo jóvenes de 18 a 34 años. La subsecretaria de Salud Mental de la provincia de Buenos Aires, Julieta Calmels, lo explica sin vueltas: "Cuando la vida se convierte únicamente en una lucha por la subsistencia, también pierde sentido". El estudio de la UBA agrega el dato demoledor: el 55,9% de las crisis personales tienen origen en problemas económicos. El 91,7% de los hogares arrastra deudas. Y el presupuesto para Salud Mental, en lugar de aumentar, se redujo al 1,42% de lo que establece la ley.
El desempleo cerró el primer trimestre de 2026 en 7,8%, con 1,145 millones de personas sin trabajo. La informalidad saltó al 44,2%. Pero en la cancha, al menos por 90 minutos, la selección ganó. Y la barra pudo gritar con orgullo que "Las Malvinas son argentinas". Una lástima que la patria, la de verdad, la que se juega en la mesa chica de los negocios, ya no sea tan argentina. Pero eso, claro, no vende camisetas. Y mientras el pueblo celebra, el gobierno vende. El espectáculo está montado: la épica deportiva como cortina de humo para la entrega del territorio. Como en aquel viejo dicho romano: pan y circo. Pero aquí el pan escasea, el circo es mundial y las tierras se van al mejor postor.
Y si el arbitraje, también fue culpa argentina. En Egipto, el técnico Hossam Hassan explotó contra el juez francés Francois Letexier, a quien señaló de haber sido presionado por el conjunto sudamericano. "El resultado se vio influido por factores internos en el terreno de juego y por factores externos previos al encuentro", aseguró en conferencia de prensa. El delantero Mostafa Ziko fue más directo: "El campeonato ya está decidido, felicidades por la Copa para Argentina". La selección argentina, según los egipcios, no solo gana partidos, también gana arbitrajes. Como si el fútbol, como la política, se jugara siempre con ventaja. Y el arreglo, como el ajuste, siempre lo pagan otros. Pero si el campeonato está arreglado para Argentina, ¿por qué los argentinos siguen perdiendo en la vida real? Porque el arreglo, parece, solo funciona cuando la pelota está en juego. Cuando la vida real empieza, el guión se escribe solo. Y no es nada amable.
Pero la épica tiene costo. Mientras los jugadores argentinos celebraban y los ingleses buscaban consuelo en 31 infracciones imaginarias, los argentinos de a pie seguían lidiando con sus propias 31 formas de derrumbe: la deuda que no se paga, el trabajo que no llega, el futuro que no se ve. El gobierno, entre tanto, se ocupa de lo importante: vender tierras, ajustar presupuestos, reformar leyes para internar más rápido. La salud mental, como las Malvinas, es una cuestión de soberanía. Pero una soberanía que se negocia en dólares, y otra que se grita en las canchas. En el medio, la gente. Siempre la gente. Esa que, mientras los dirigentes discuten sobre el dominio de un archipiélago a 14 mil kilómetros, no puede pagar el alquiler. Esa que, mientras los diarios ingleses cuentan empujones, no puede pagar un psicólogo. Esa que, mientras los egipcios se quejan del arbitraje, no puede pagar la deuda que la ahoga.
Inglaterra, por su parte, perdió el partido pero ganó la batalla diplomática. "Puede que el torneo no sea nuestro, pero las islas Malvinas sin duda lo son", dijo la portavoz de Keir Starmer. En Argentina, el gobierno pidió no mezclar deporte y política. Es comprensible: mientras algunos discuten la soberanía de un archipiélago, otros están vendiendo el territorio continental a quien pueda pagarlo. Y mientras tanto, los argentinos siguen buscando sentido en una vida que, como dijo Calmels, se ha convertido en "una lucha por la subsistencia". Una lucha que, a diferencia del partido contra Inglaterra, no tiene final feliz asegurado. Ni 31 excusas que valgan. El arreglo, parece, solo funciona cuando la pelota está en juego. Y el pueblo, embriagado por la victoria, no alcanza a ver que mientras la selección levanta la copa, el país entero se está cayendo.
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