Ilustración: Dawn.
La crisis climática ya no puede entenderse únicamente como un problema ambiental. Sus efectos también alcanzan la salud de millones de mujeres, desde complicaciones durante el embarazo hasta problemas de nutrición, salud mental y alteraciones en los ciclos menstruales.
Las desigualdades existentes explican parte de esta vulnerabilidad. En muchas comunidades, las mujeres dependen directamente de los recursos naturales y son quienes asumen tareas como conseguir agua, alimentos y combustible, actividades que se vuelven más pesadas durante las sequías.
Los desastres naturales también pueden tener consecuencias mortales. Algunas estimaciones señalan que durante huracanes e inundaciones las mujeres y los niños pueden tener hasta 14 veces más probabilidades de morir que los hombres, debido a factores como menor movilidad, acceso limitado a información y recursos y menor participación en la toma de decisiones.
Un ejemplo ocurrió durante el tsunami de 2004 en el océano Índico, cuando las mujeres representaron aproximadamente 70% de las más de 230 mil víctimas mortales. Además, se estima que cuatro de cada cinco personas desplazadas por impactos relacionados con el clima son mujeres y niñas.
El calor extremo también amenaza los embarazos
Las temperaturas extremas representan un riesgo creciente, especialmente para mujeres que trabajan en la agricultura, labores domésticas o empleos informales al aire libre.
La exposición prolongada al calor puede provocar deshidratación, estrés térmico, afectaciones cardiovasculares y problemas renales. Durante el embarazo, además, se ha relacionado con un mayor riesgo de parto prematuro, bajo peso al nacer, muerte fetal, hipertensión y diabetes gestacional.
La Organización Mundial de la Salud ha señalado que cada incremento de un grado Celsius en la temperatura mínima diaria por encima de 23.9 °C puede elevar hasta 22.4% el riesgo de mortalidad infantil.
La falta de agua también genera consecuencias adicionales. Caminar largas distancias para conseguirla bajo temperaturas extremas incrementa el agotamiento, las lesiones musculoesqueléticas y la exposición a situaciones de violencia.
El calor también puede alterar la menstruación
Uno de los efectos menos visibles de la crisis climática podría estar ocurriendo en el ciclo menstrual. Investigaciones y observaciones médicas realizadas en países vulnerables al cambio climático apuntan a posibles vínculos entre temperaturas extremas, estrés, alteraciones hormonales y cambios en la menstruación.
Pakistán representa uno de los casos más preocupantes. Durante los últimos 50 años, su temperatura media anual aumentó alrededor de 0.5 °C y la frecuencia de las olas de calor se ha multiplicado, exponiendo a millones de personas a condiciones ambientales cada vez más extremas.
Médicos consultados en ese país han documentado casos de menstruaciones adelantadas o retrasadas, sangrados irregulares y dolores mucho más intensos durante periodos de temperaturas extremas.
Uno de los mecanismos que se encuentra bajo investigación involucra al cortisol, una hormona relacionada con el estrés. El calor intenso y la presión física y emocional pueden modificar sus niveles, lo que potencialmente interfiere con otras hormonas encargadas de regular el ciclo menstrual.
Investigaciones realizadas con estudiantes de medicina en Polonia también identificaron variaciones estacionales en los niveles de cortisol, con concentraciones más elevadas durante las evaluaciones realizadas en verano.
Estos hallazgos no significan que el cambio climático sea la causa directa de cada alteración menstrual. Sin embargo, refuerzan la necesidad de estudiar cómo el aumento de temperaturas y otros factores ambientales pueden afectar la salud hormonal y reproductiva.
Sequías, inundaciones y desplazamientos agravan el problema
Los efectos pueden intensificarse cuando el cambio climático provoca inundaciones, migraciones y pérdida de viviendas. Después de las grandes inundaciones que golpearon Pakistán, algunas mujeres reportaron ciclos irregulares, sangrados prolongados y dolores que antes no experimentaban.
El desplazamiento representa además una fuente importante de estrés. La pérdida del hogar, la incertidumbre económica, las condiciones de hacinamiento y la falta de privacidad pueden afectar el bienestar físico y psicológico.
A esto se suma la dificultad para acceder a productos de higiene menstrual, agua potable y atención médica durante las emergencias.
Los contaminantes presentes en aguas de inundación también representan un riesgo. Algunos estudios han relacionado la exposición a sustancias capaces de alterar el sistema endocrino con cambios en la edad de la primera menstruación y en la regularidad de los ciclos.
Siria: una crisis climática sobre otra crisis
Siria representa uno de los casos donde los efectos ambientales se combinan con conflictos armados, desplazamiento y deterioro económico.
Durante las últimas dos décadas, el país ha enfrentado aumento de temperaturas, reducción de lluvias, sequías recurrentes y escasez de agua. Estos fenómenos han afectado la producción de alimentos y agravado una crisis humanitaria que ya se encontraba profundamente deteriorada.
Actualmente, millones de mujeres y niñas necesitan servicios esenciales de salud sexual y reproductiva. El desplazamiento interno también afecta de manera importante a las mujeres, que representan cerca de la mitad de las personas desplazadas dentro del país.
La inseguridad alimentaria constituye otro problema. La desnutrición durante el embarazo y la lactancia incrementa el riesgo de anemia, enfermedades y complicaciones durante el parto.
Menos agua, más enfermedades
El cambio climático también modifica las condiciones que favorecen la propagación de enfermedades infecciosas como malaria, dengue y cólera.
Las mujeres embarazadas y los bebés pueden enfrentar consecuencias especialmente graves ante estas infecciones. Al mismo tiempo, las mujeres que cuidan a familiares enfermos pueden tener una mayor exposición y menos posibilidades de acceder a medidas preventivas o tratamientos.
En Siria, los problemas de agua y saneamiento han contribuido a brotes de enfermedades. Entre agosto y diciembre de 2024 se registraron mil 444 casos sospechosos de cólera y siete muertes relacionadas, de acuerdo con datos citados en el estudio.
La salud reproductiva queda en segundo plano
Las emergencias climáticas también interrumpen servicios esenciales como anticoncepción, atención prenatal, partos seguros y acceso a productos para la higiene menstrual.
La falta de agua, instalaciones sanitarias y productos de higiene puede provocar infecciones, ansiedad y dificultades para que las mujeres continúen con sus actividades cotidianas.
A esto se suma el deterioro de los sistemas de salud en zonas afectadas. En Siria, cerca de la mitad de las instalaciones sanitarias se encuentran parcialmente o totalmente fuera de funcionamiento, mientras millones de personas requieren atención médica.
El calor extremo también puede afectar el desarrollo del embarazo. Investigaciones citadas en el análisis relacionan las altas temperaturas con mayores probabilidades de parto prematuro, bajo peso al nacer y muerte fetal.
El frío tampoco es inocuo
Aunque las olas de calor concentran buena parte de la atención, las bajas temperaturas también pueden influir en el bienestar menstrual.
Especialistas han señalado que el frío puede provocar constricción de los vasos sanguíneos y aumentar la percepción de los cólicos. Los cambios en la exposición a la luz solar también pueden modificar sustancias como la melatonina y la serotonina, relacionadas con diversos procesos hormonales.
Por ello, las alteraciones menstruales asociadas con condiciones climáticas no necesariamente se limitan al verano. Los cambios bruscos de temperatura y las condiciones ambientales extremas pueden convertirse en factores adicionales de estrés para el organismo.
Los especialistas advierten que los dolores incapacitantes o las alteraciones importantes del ciclo no deben normalizarse, ya que también pueden estar relacionados con padecimientos como dismenorrea, endometriosis o fibromas uterinos.
La crisis climática también deja heridas psicológicas
Los efectos no terminan cuando pasa una inundación, una sequía o una ola de calor. Las mujeres presentan mayores niveles de ansiedad climática, estrés, depresión y trastorno de estrés postraumático después de eventos extremos.
La pérdida de viviendas, empleos y comunidades se combina con la responsabilidad de cuidar a hijos y familiares, generando una carga emocional que puede prolongarse durante años.
Los refugios temporales también pueden convertirse en espacios de vulnerabilidad cuando carecen de privacidad, seguridad y condiciones sanitarias adecuadas.
Además, la pobreza, el hambre y la violencia de género pueden profundizar los problemas de salud mental, especialmente entre niñas y mujeres que viven en contextos de desplazamiento o emergencia.
Mujeres, pobreza y cambio climático: un círculo que se alimenta
Las proyecciones indican que el cambio climático podría empujar a decenas de millones de mujeres y niñas hacia la pobreza durante las próximas décadas.
Menores ingresos significan también mayores obstáculos para acceder a educación, alimentación y servicios médicos, creando un círculo que aumenta la vulnerabilidad frente a futuras crisis ambientales.
El análisis advierte que muchos planes nacionales contra el cambio climático todavía no incorporan adecuadamente las necesidades de salud sexual y reproductiva de las mujeres.
Por ello, especialistas y organismos internacionales plantean que las políticas climáticas deben incorporar perspectiva de género, financiamiento específico, capacitación y participación de las mujeres en la toma de decisiones.
En este contexto, el Plan de Acción de Género de Belém, adoptado durante la COP30 en Brasil, incluyó temas relacionados con salud, violencia contra mujeres y niñas, trabajo de cuidados, empleos dignos y participación femenina en las políticas climáticas.
El desafío no consiste únicamente en proteger a las mujeres frente al cambio climático, sino en reconocerlas como protagonistas de las soluciones. Su conocimiento sobre agua, alimentos y adaptación ambiental puede ser fundamental para construir comunidades más resilientes.
Ignorar estos efectos puede hacer que una parte importante del impacto climático permanezca invisible. Incorporar la salud menstrual, hormonal y reproductiva a las políticas de adaptación permitiría enfrentar una dimensión de la emergencia ambiental que durante años ha permanecido prácticamente fuera de la conversación pública.
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